Tuesday, January 30, 2007

La comida de los otros


Comer la comida que los otros cocinan. Dice Tony Bourdain que, siempre que va a comer a casa de amigos, se ponen nerviosos porque no saben qué servirle al chef. Pero lo cierto es que ama la comida que hacen los otros. Está tan acostumbrado a la suya que quiere siempre comer la de los otros.
Eso es exactamente lo que me pasaba. Nunca quería comer la comida de mi casa, sólo la de los otros. No porque mi abuela cocinara mal: en realidad, no tenía mucha variedad de platos, pero cocinaba bien lo que sabía. Pero la comida de los otros era diferente. Comencé a comer muchas cosas porque las comía en otras casas.
Recuerdo la primera vez que mi papá me trajo pizza. No había pizzería en Agramonte, había que ir a Jagüey Grande a buscarlas. Por lo tanto, era como una especie de acontecimiento, y mi papá se sintió desairado de que no me gustaran. Un día, cuando regresábamos de Jagüey Grande, luego de una de las tantas visitar al hospital o a la familia de mi padre, nos encontramos con mi tía María Antonia. Ella regresaba también para Agramonte. En su mano, llevaba una caja de la pizzería con bambinas dentro. Las bambinas, que no sé si existen en otro lugar, eran unas pizzas extremadamente pequeñas, de las que uno se podía comer tres o cuatro. Mi tía me preguntó si quería una. Luego de tanta insistencia, la probé y me sorprendí aceptando la segunda. Fue entonces que empecé a comer pizza. En una circunstancia no común, en medio de la terminal, esperando la guagua. Mi padre estaba contento de que yo hubiera comido, porque ahora tenía un plato más para tratar de estimular mi apetito.
Pero era otra vez la circunstancia: el hecho de que todo hubiera ocurrido de manera no planificada, con mi tía insistiendo amablemente y haciendo aquel gesto tan desprendido de darme a mí las pizzas que llevaba para sus nietas. Sí, eran las circunstancias, porque la comida de los otros, fuera de horario, sin los ojos pendientes de mí para saber cuánto comía, representaba una liberación frente al deber de comer lo que debía porque, si no, me iba a enfermar, tendría anemia, algo que todos temían.

6 comments:

Ivan Darias Alfonso said...

Alfredo:

En la Pizzería Espartaco de Placetas, mi pueblo natal, hacían también bambinas. Cuando viajaba, a veces me fijaba en los nombres de las demás pizzerías, puesto que eran tan frecuentes en todos los pueblos cubanos. Y te confieso que encontraba la de mi pueblo demasiado clásica, cuando había otras nombradas La Toscana, Buona Sera y cosas así. Las bambinas eran nuestra mejor merienda en las tardes del año 81 y 82, cuando nos tocaba ir al Círculo de Interés de turno en el Palacio de Pioneros. La pizzería no estaba cerca, pero la caminata siempre se coronaba con una redonda y exacta bambina y con refresco de..., bueno de lo que hubiera.

Estenoz said...

¿Cómo se llamaban otras pizzerías? La qe decían que era la mejor era el Castel Nouvo de Varadero. Una vez fui, pero tenía 12 años y no me fijaba en esos detalles.
Veo que encontraste mi otro blog. Todavía no sé bien qué voy a hacer concretamente aquí, pero, ya que la comida ha sido uno de Los Temas de los últimos años, aquí está.

Juana la loca said...

Mi relación "afectiva" con la comida empezó mucho después que la de ustedes, según pienso en ello ahora. En realidad, hasta que salí de Cuba por primera vez, en 1993, la comida era algo que había que hacer, un espacio o requisito del día que uno tenía que cumplir y ya; no disfrutaba del acto de comer -la mala experiencia en tantas becas, supongo- y mucho menos, el de cocinar -ni siquiera sabía cocinar-. Pero en Belice, por primera vez, descubrí el placer en el proceso de hacer la comida, de preparar cada cosa según el tiempo y las condiciones que se requieran, con los ingredientes exactos y no con los que se tengan a mano. Es una deuda que tengo con la madre de Ken, supongo. Ahora, como Alfre, también disfruto mucho de cocinar para otros, de tener invitados y de presentar en cada ocasión platillos diferentes. Hay dos anécdotas relacionadas con la comida que quisiera compartir, por orden cronológico. La primera ocurrió mientras estudiábamos en la Universidad. Una vez Alfre fue a visitarme a Matanzas y comió con nosotros y al terminar el primer plato, pidió repetir y le dijo a mi mamá que el problema era que estaba muy ansioso. Algún tiempo después, ya en pleno período especial, Alfre llegó un día a la casa, de manera inesperada y por supuesto, enseguida estaba extendida la invitación para que comiera. Pero como mi mamá había preparado poca comida, me llamó aparte a la cocina y me preguntó: “Oye, ¿Alfredo estará muy ansioso hoy?”. La segunda anécdota ocurrió algún tiempo después. Yo vivía en Chetumal, México, con Jenny, una amiga muy querida; era el cumpleaños de Armando Yuvero, otro cubano amigo muy querido, y se nos ocurrió prepararle una cena especial. Entonces recurrimos a Paradiso, de Lezama –por cierto, ejemplar que me había regalado Alfre unos años atrás- e intentamos reconstruir una de las grandes comilonas que se describen en el libro –ahora mismo no recuerdo cuál, pero sí recuerdo que había una sopa con plátanos chatinos adentro, que nos quedó deliciosa, por cierto-. Pero bueno, después de estar una semana buscando ingredientes y preparando el ambiente para el gran banquete, llegó por fin el día del cumpleaños de Mandy, y como la cosa era sorpresa, pues no le habíamos avisado nada antes. Así que lo llamamos por teléfono y oh, las sorprendidas fuimos nosotras: Armando estaba fuera de la ciudad, en Monterrey creo, en una gira con su ballet!

Estenoz said...

La de la ansiedad es un clásico. La de Armando no la conocía, pero está buena también. Como diría Nancy en "Fresa y chocolate": "Pero Dieguito, ¿un almuerzo lezamiano? ¡Eso es como cien dólares!"

Anonymous said...

donde esté un buen plato de carne con papas que se quiten las pizzas...

Anonymous said...

...pero sí recuerdo que había una sopa con plátanos chatinos adentro, que nos quedó deliciosa, por cierto-.
Cuando era pequeña y estaba enferma, como suele suceder no tenía apetito alguno, entonces lo único que podía tragar y pedía encarecidamente a mi mami era un plato de sopa con plátanos chatinos y chorrito de limón. Era riquísima y hasta me curaba :)
Mi familia por parte de madre que provenían de Camagüey cocinaban muchos platos al estilo lezamiano, con los ingredientes exactos, como ha mencionado ya Dami, y es que mi abuelo decía que la Revolución había desgraciado el paladar del cubano, con tantas cosas buenas que tenemos...críticas e insultos constantes mientras hacía su famoso dulce de coco con papaya (no sé si alguno de ustedes ha probado este dulce:pero era riquísimo y exquisita la mezcla de ambos: el crujir del dulce de coco y la suavidad del sabor de la papaya)
Por cierto Dami que puede que te paresca pedante ese pasaje de la literatura de la comida lezamiana pero por otra parte Lezama que era un hombre al que le encantaba comer, no solo por hambre sino también por placer, sabía muy bien de las mezclas y sus exquisitos resultados.
Y otra cosa, en Cuba se ha perdido incluso el hecho de poner una mesa como es debido, no por falta de recursos, lo cual sería comprensible, sino por mala costumbre. La última vez que estuve en la Habana en casa de mi tía (doctores todos, personas de buen gusto) los platos eran de aluminio... porque como todos son chicos, rompen los platos, decía ella, y comen hasta de pie. Por supuesto comí en el plato de aluminio sin problemas pero no era muy agradable.
Yudy